El autor

Me llamo José-Luis Prieto, nací en Madrid en 1973, soy abogado y consultor, desde 2007, tengo familia, ingresos, vivienda y compromisos en Móstoles y La Coruña.
Soy demócrata y socialista libertario, por ese orden. Creo que la libertad debe ser efectiva para todos, que hay que garantizar la igualdad absoluta de derechos y oportunidades, y que el ser humano es social por naturaleza.

Archivo: Diciembre 2005

¡Es la economía, estúpido!


¿Soy radical liberal?


Equidistancias en política

Por mi experiencia profesional, sobre todo en la defensa de mujeres frente a sus maridos en ditintos tipos de pleitos, a la hora de buscar testigos que depusieran a favor de la parte más perjudicada -aún la mujer en nuestra moderna sociedad occidental, pese a los mitos de la propaganda machista- me continúo topando con “amistades comunes” que rehúsan colaborar con la justicia y la verdad como la legislación y la moral, respectivamente, obligan. Por mucho que las pruebas, sobre el cuerpo o la psique de la mujer, evidencien que es necesaria una reparación de una desigual relación conyugal, muchos, demasiados, se siguen considerando “neutrales”. Equidistantes. En estos casos, generalmente, esgrimiendo una auténtica presunción de culpabilidad de la víctima, el famoso y aberrante “algo habrá hecho”. Créaselo: aún se sigue pensando así.

Generalmente el victimario, y sobre eso hay mucho escrito -y poco de ello esudiado por los juzgadores- pretende hasta tres tipos de anulaciones de la persona de su presa: la primera, su anulación como persona, su cosificación; la segunda y complementaria, esencial, su anulación ante la sociedad, su desociabilidad, su aislamiento; la tercera y final, como corolario, su eliminación física, asesinándola o conduciéndola al suicidio.

Pero continúa habiendo equidistantes, cómplices voluntarios o seducidos por el victimismo y la confusión trabajada por el maltratador y la propaganda femífoba.

Otro tanto sucede con una variación de lo que debemos calificar como violencia propagandística como es el mobbing. Yo me inclino por denominarla así, propagandística, pues no se impone por el victimario como una consecuencia, sino como un medio en sí mismo sobre la que encauzar una relación. Y creo que hay que aparcar la calificación de violencia moral o psicológica porque el acosador, en el caso de los maltratos familiares, la combina con agresiones físicas y, en cualquier caso, se representa un escenario de eventual necesidad de eliminación física de la presa mayoritariamente por suicidio.

El hecho de que la mayor parte de las condenas por violencia doméstica se refieran sólo a la punta del iceberg que son los maltratos físicos, como la escasa y tibia reacción de la justicia ante el acoso laboral, demuestra el fracaso del sistema y es indicio de los inmensos ámbitos de impunidad y de secuelas con las que las auténticas víctimas han de cargar sin ayuda.

Muchos se escandalizaban hace años cuando nos adheríamos a la calificación de “terrorismo” para diagnosticar la imposición de esta forma de encauzar las relaciones familiares y laborales, pues lo consideraban una trivialización del terrorismo mediáticamente atendido. Pero lo es. Siguen la misma estructura: desposesión de derechos de la víctima, aislamiento y eventual eliminación física de la víctima, y propaganda, vitimismo y mitología como recursos de los victimarios. Y equidistancia o neutralidad de los ajenos a la relación que éstos imponen a aquellas.

Sé que el siguiente argumento también, como hace años con la violencia doméstica, escandalizará a quienes se pondrán dignos, pero estamos presenciando unos paralelismos, a una preocupante sensación de dejá vú, que cuando menos nos debe inquietar. Los que estudiamos el tema de la violencia no esencialmente física, la que se ha dado en llamar psicoterror, sea doméstica o mobbing, encontramos inquietantes similitudes.

Encontramos cómo las relaciones entre los distintos agentes actuantes en el debate político. Donde en otros ámbitos encontramos la desposesión de derechos de la víctima, ahora asistimos al no reconocimiento del derecho a la integridad física y el honor básicos y mínimos del adversario como meras personas, tan abierta como descaradamente; purita violencia física y verbal (no se engañe, no tiene otra calificación). Donde en otros ámbitos encontramos aislamiento de la víctima y propaganda y victimismo del agresor, ahora nos topamos con una campaña mediática emuladora de la famosa conspiración pregolpista que aupó a Aznar al poder en 1996. Donde en otros ámbitos encontramos mitología, ahora la encontramos en el nacional-catolicismo español más rancio e irracional y en agresivas apelaciones a las vísceras de los castizos, del lumpenproletariado.

En este escenario hay agresores y agredidos. Y muchos equidistantes.

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