El autor

Me llamo José-Luis Prieto, nací en Madrid en 1973, soy abogado y consultor, desde 2007, tengo familia, ingresos, vivienda y compromisos en Móstoles y La Coruña.
Soy demócrata y socialista libertario, por ese orden. Creo que la libertad debe ser efectiva para todos, que hay que garantizar la igualdad absoluta de derechos y oportunidades, y que el ser humano es social por naturaleza.

El blog

Desde 2002, con este blog pretendo aportar elementos para la contrapropaganda frente al nacional-liberalismo, desde una perspectiva liberal en materia social y socialdemócrata en materia económica.

Este es un cauce para la libertad de expresión, que ejerzo consciente de las limitaciones de nuestro ordenamiento.

Archivo: Febrero 2006

La dialéctica de los puños del Partido Popular

El 8 de febrero de 2003, la nómina de partidos políticos que agredían a pacifistas en España aumentó de sólo Batasuna a dos: En un mitin de Aznar en Arganda del Rey, un joven de 17 años de edad gritó “¡No a la guerra!” -o ejerció la libertad de expresión que reivindican para la Cadena de Odios Populares de España-, y recibió numerosos puñetazos, patadas, esputos e insultos de los buenos españoles, señores de orden, que configuran las respetabilísimas y educadas bases del Partido Popular en el trayecto desde donde lo dijo hasta la calle, mientras se le tapaba la boca.

Alberto López Viejo, entonces concejal del Ayuntamiento de Madrid, fue la excepción: Protegió de sus compañeros al joven mientras era desalojado. Y tuvo que hacer lo mismo (“acudió a defender a la trabajadora”, según la agencia de prensa Servimedia) en otro mitin, ahora de Rajoy, el 11 de junio de 2004, cuando los asistentes dejaron de un lado la educación recibida en sus colegios de pago y los mensajes dominicales de amor recibidos en sus misas para increpar violenta y peligrosamente a una periodista.

Igual le pasó al Ministro Bono en la manifestación convocada por la AVT el 23 de enero de 2005. Hasta El Mundo publicó la fotografía que constataba la particular manera de asir banderas que tiene los militantes del PP: tanto vale para gritar el “Una, Grande, Libre” franquista como para apalear a los demás.

El 21 de julio de 2005, el diputado facha (sí, facha, que ese es su habitual nivel de energumenismo) Rafael Hernando se abalanzó sobre Alfredo Pérez Rubalcaba para intentar propinarle algún puñeazo. Lo peor fue la indulgencia justificativa de sus correligionarios tanto dentro del PP como de los medios de comunicación ultraderechistas, que pese as la evidencia de las imagenes que se grabaron del hecho aun pretendían abusar de la endémica candidez de su parroquia para convencerla que el bueno de Alfredo era el agresor.

El 19 de octubre de 2005, en un Ayuntamiento, un grupo de jóvenes nacionalistas irrumpe a gritos en el salón de plenos, insultando a los demás asistentes, provocando tan violencia que una de sus víctimas hubo de ser evacuada a los servicios de Urgencia del Hospital. ¿Jarraitxus en un municipio guipuzcuano? No: militantes de las juventudes del PP en la localidad madrileña de Getafe.

Hace unas semanas, uno de los reportajes del programa satírico Caiga Quien Caiga se centró en las protestas que se sucedían en Salamanca contra la devolución de su botín a sus legítimos propietarios, azuzadas por el PP (en esa ocasión, con el apoyo agitadoir de un grupo nazi llamado “Democracia Nacional” como fuerza de choque). En dicho reportaje pudimos ver como una señora de bien, elegante y enjollada ella, mudaba su rostro a la de la energúmena que todo facha lleva dentro, enseñando sus dientes, hinchándose sus venas, enrojeciéndose sus ojos… y apaleaba con un paraguas a otra señora que, sencilla a la par de muy educada, manifestaba su oposición a la manipulación política con que el PP maltrata esa ciudad. Y a propósito de las algaradas callejeras organizadas por la ultraderecha parlamentaria, ahora a resultas del tejerendum, podemos ser testigos de escenarios similares, siempre que para ello no escuchemos ni veamos emisoras de radio o televisión del entorno ultraderechista.

Tal justificación de la violencia, la abierta hostilidad, por el contrario, hacia lo que desde la ultraderecha se tilda como “bonismo” (de “bueno”), y la exaltación nacionalista española de la que el PP ha hecho el primero de sus actualmente escasos argumentos electorales, supone una preocupante evocación de una de las bases de las que bebe la derecha española, que su secretamente idolatrado José Antonio Primo de Rivera concretó en el discurso de la fundación de Falange Española en el Teatro de La Comedia de Madrid el 29 de octubre de 1933:

Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su Historia.

Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho -al hablar de “todo menos la violencia”- que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.

Ya sólo les faltan las pistolas.



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