El autor

Me llamo José-Luis Prieto, nací en Madrid en 1973, soy abogado y consultor, desde 2007, tengo familia, ingresos, vivienda y compromisos en Móstoles y La Coruña.
Soy demócrata y socialista libertario, por ese orden. Creo que la libertad debe ser efectiva para todos, que hay que garantizar la igualdad absoluta de derechos y oportunidades, y que el ser humano es social por naturaleza.

Archivo: Marzo 2006

Clasismo y acceso profesional a la abogacía


Otegi no debe ser encarcelado

En 1998 se detuvo a 122 personas por su eventual vinculación a ETA. En 1999, coincidiendo casualmente con su tregua, el número de detenciones en operaciones policiales antiterroristas se redujo a sólo 31 personas, el saldo anual más bajo de la historia. De hecho, entre el 17 de septiembre de 1998 y el 9 de marzo de 1999 no se practicó ninguna detención relacionada con el terrorismo.

Mientras Aznar elevaba a la banda terrorista a “Movimiento de Liberación Nacional”, su Gobierno hizo gestiones para el retorno de 304 etarras huídos de España con un compromiso de tranquilidad judicial. Nada menos que 180 etarras fueron excarcelados y, flexibilizando la estrategia de dispersión penitenciaria, 85 fueron trasladados a prisiones vascas y 50 a provincias limítrofes. Para percibir la importancia de ambas cifras, contrástelas con el hecho de que los presos etarras tanto por condena como preventivos son, a día de hoy, casi 500.

Los mismos que hoy exigen rigor, entonces o protagonizaban la flexibilización o, simplemente, callaban. Aunque la política penitenciaria de dispersión de presos y la estrategia de deportaciones, impulsada por los Gobiernos de Felipe González, siempre han sido las mejores bazas del Estado de Derecho en su acoso al terrorismo.

Del mismo modo que fue un error la renuncia gubernamental a esas ventajas, permitiendo a ETA poder pasar al siguiente punto de su plataforma reivindicativa, directamente situado en el maximalismo soberanista, no lo fue trasladar a los miembros de ETA escondidos la tranquilidad de un escenario de pacificación como el que se derivó de la flexibilización de la acción policial y de la presión judicial a través de la contemporización del Fiscal General del Estado. Hoy debemos aprender de esos errores y este acierto.

Y como producto de ese aligeramiento de la presión contra quienes serán los interlocutores del diálogo, tampoco Arnaldo Otegi debe ser encarcelado.

Otegi y AdamsEs un hecho que desde hace ya muchos años Arnaldo Otegi es una “paloma” dentro de la autodenominada “izquierda” abertzale. Y gracias al trabajo de consolidación interna de otro de los posibilistas como es Pernardo Barrena, que le cubre la retaguardia dentro de Batasuna, y fuera de esta organización por el respaldo del secretario general del sindicato abertzale, Rafael Díez de Usabiaga, respetadísimo en esos entornos ideológicos, es por lo que el frente político de ETA ha aparcado los planteamientos maximalistas de los duros que se personifican en Joseba Permarch. Arnaldo Otegi es nuestro Gerri Adams. Despreciado durante la existencia de la banda terrorista, prestigiado posteriormente.

Del mismo modo que la caída de Josu Ternera al frente de ETA, retornado a la ilegalidad para encauzar el fín de su historia, reforzaría las posiciones belicistas de los jóvenes enajenados de Garikoitz Aspiazu, Txeroki, el apartamiento de Otegi daría alas a los halcones de Batasuna. No parece inteligente.

Sólo encontraría lógica en el descarrilamiento.

No nos engañemos


Conciencia para el pleno empleo


Zapatero, divorcio, sociedad


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