El autor

Me llamo José-Luis Prieto, nací en Madrid en 1973, soy abogado y consultor, desde 2007, tengo familia, ingresos, vivienda y compromisos en Móstoles y La Coruña.
Soy demócrata y socialista libertario, por ese orden. Creo que la libertad debe ser efectiva para todos, que hay que garantizar la igualdad absoluta de derechos y oportunidades, y que el ser humano es social por naturaleza.

Archivo: Abril 2006

Entre la kale-borroka y el dale-a-la-boca


Programas máximos

La independencia de una supuesta Euskal Herria debe poder seguir siendo un ideal de quien, como cualquier aspiración política final, lo persiga por medios democráticos. Lo propugne, como lo han hecho, el PNV, Pedro José Ramírez, María San Gil o una eventual autodenominada “izquierda” abertzale. Porque el pensamiento no delinque. El hecho de que no lo compartamos, como me sucede a mí contra el nacionalismo, no significa que debamos sucumbir a la práctica totalitaria de negar la existencia de los ideales que no subscribimos.

Lo digo porque, aunque pienso que el desmantelamiento de ETA no debe vincularse a negociaciones de carácter político, circunscribiéndose en cambio únicamente al diálogo en torno a la reinserción de sus miembros, tampoco puede establecer como presupuesto ninguna renuncia a la posibilidad de una independencia perfectamente defendible por vías democráticas.

Del mismo modo que nadie puede hacerme renunciar, aunque me gusta cómo se desarrolla la actual Jefatura del Estado, al ideal de la restauración de la II República, que ni siquiera a la instauración de otra nueva. De hecho, nadie hace al PP renunciar a su vengativa III República, aunque, como sucede con la independencia de Euskadi para ETA, los métodos para alcanzarlos sean incondicionalmente rechazables.

Por ejemplo, el artículo 16.3 de la Constitución impide la confesionalidad del Estado propugnado por el sector nacional-católico del PP. Creo que la ultraderecha tiene derecho a la libertad de expresión para tratar de persuadir a la mayoría para, por vías democráticas, tener la posibilidad de imponernos un sistema teocrático. Sí, se que es muy recurrente, pero en este punto he de subscribir aquella frase de Evelyn Beatrice Hall erróneamente atribuida a Voltaire:

Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas.

Me estoy refiriendo a la libertad de expresión, no a prácticas efectivamente trasngresoras del ordenamiento: por eso considero tan rechazable la segregación sexual en las escuelas como la segregación racial a la que pretende coadyuvar el conocido como “DNI vasco”.

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