Los profesores de religión
El Gobierno está preparando un Borrador de Real Decreto por el que los profesores de religión no podrán ser despedidos de sus trabajos sin motivación expresa. Otra contradicción como esa de postular la igualdad de género en una institución tan anti- igualitaria como es la Corona. Igual que como republicano defiendo que la monarquía siga siendo coherente consigo misma, también ahora, pese a ser lo anticlerical que en España la Jerarquía católica nos obliga a ser, defiendo el derecho de esa Iglesia a seguir haciendo de su capa un sayo.
No me solidarizo con los profesores de religión que pierden su trabajo. Sé que lo progre, lo chachi-guay, lo políticamente correcto es, por aquello de la solidaridad de clase, apoyar a dicho colectivo en sus ¿justas? reivindicaciones laborales. Pero es que yo lo niego todo:
No puedo tener solidaridad de clase hacia quienes no son de mi misma clase. Los profesores de religión, como los demás funcionarios -no utilizo esté termino en el sentido que el derecho administrativo-, no son trabajadores. Son otra cosa. Su esfuerzo no le genera plusvalías a ningún explotador que pone su ocio y su capital, no. Es más: son auténticos agentes del sistema, otra forma de “nueva clase”, auténticos propagandistas. Y en su caso, los profesores de religión lo son de un modo particularmente grave.
Del mismo modo que son libremente nombrados por la dirección institucionalizada de su religión o secta, los profesores de religión deben admitir que puedan ser igual de libremente removidos de dichos puestos. Igual que no se quejaron cuando fueron ungidos de la función del magisterio educativo-religioso, no tienen ningún derecho a quejarse cuando se les retira ese privilegio de cobrar del erario público cuando pierden la confianza de quien, en base a esa cuestión de confianza, previamente les nombró.
Igual que para conseguir ese puesto de funcionario no se exige lo que para los demás puestos del empleo público, sino ser propuesto por la dirección de la correspondiente organización religiosa, deben someterse a poder dejar de ser privilegiados por aquella propuesta. Igual que en base a criterios tan poco racionales como son los religiosos se les puede reconocer “idoneidad” para ser designados a dedo, deben asumir que pueden perder dicha dignidad con las misma caprichosa y, de nuevo, irracional fundamentación.
Por mucho que se trate de evitar, a las confesiones siempre les quedará el recurso al despido improcedente. Otra cosa es quién acabe pagando la indemnización.





