(Joaquín Leguina, político y polemista del que tuve el honor de ser el introductor en esto del blogging -de lo que me arrepentiré y, seguro, renegaré cuando él deje de ser diputado, me temo-, ha publicado en su blog el primero de unos posts que relacionados con la temida interpelación “Tenemos que hablar” dice que va a continuar. En plan divertimento, se me ocurre a mí otro pequeño relato)
-Tenemos que hablar -lanzó, sin más, María a Borja, al finalizar el recorrido que él vio iniciarse a la puerta y completarse, tras varios metros, frente a su persona.
María estaba guapísima. Había llegado al encuentro de Borja sin avisar para, de este modo, a bocajarro, lanzarle aquella obligación. “Tener que” siempre tiene algo de impositivo, por lo que Borja quedó expectante ante la preciosa mujer con la que había iniciado su relación cinco años atrás.
La relación era profesional. Borja de las Heras Aguirre-Tamayo era el empleado bancario, o debiera decirse cajario, que había conseguido para su Caja de Ahorros el préstamo hipotecario que María necesitaba para adquirir la vivienda de segunda mano de sus sueños, que una zumbada vendía por un precio escandalosamente bajo. Tan bajo, que hubo de ampliar la hipoteca cuando Hacienda le hizo una paralela por considerar que era bajo el escriturado, y mucho mayor con un presunto dinero negro.
-Tenemos que hablar, Borja -repitió la hermosa María, de pie, ignorando la silla tipo confidente-. El Euribor no cesa de subir y subir, y lo que al principio era una hipoteca asumible se está convirtiendo en una condena que me impide salir de casa.
Claro: salir de casa tiene costes económicos (copas, tapas, cine, cena, fines de semana en el campo, semanas en la playa, visitas a ciudades con encanto…), y María ni le veía la gracia a gastar el tiempo en casa navegando por Internet ni se manejaba con el mando de la PlayStation como para matar las horas matando cerdos mutantes.
-Pues tú me diras, María -respondió el interpelado, sin levantarse.
-Me he enterado de que hay hipotecas multidivisa, que se contratan en moneda extranjera y a las que se aplica el tipo de interés del país correspondiente.
-Ya, María, pero nosotros no disponemos de ese producto. Y, entre nosotros, no te lo recomiendo.
Claro. ¿Cómo iba a recomendar Borja un producto del que no disponía?
-Esas hipotecas -continuaba el cajario, pausadamente, para ir configurando la respuesta que debia improvisar- no son de fiar. Igual la haces por doscientos mil euros en yenes, y se desploma la economía japonesa y resulta que tu deuda prestataria se ha convertido en cuatrocientos mil euros. ¡Te habrías arruinado!
-Borja, ya me estoy arruinando. Empecé pagando ochocientos euros de hipoteca, y ya estoy en mil doscientos. Y esto sigue subiendo. Ya me he informado en Caja Ames, y con el tipo de interés japonés y el Libor se me quedaría en menos de setecientos. Estoy haciendo el panoli.
-María…, que es pan para hoy y hambre para mañana…
-Que no, Borja, que puedes cambiar de divisa. Siempre puedes pasar al franco suizo, que está a mayor tipo de interés -con diferencial incluido, entorno al 3 por ciento, mientras el tipo japonés está al 1′3 por ciento-, pero en cualquier caso menor del 5 por ciento al que me tenéis ya. Y el tipo de cambio del franco suizo lleva décadas clavado en 105 pesetas, o algo así.
-Maria…
-Borja -le interrumpió-: la decisión está tomada. En breve os llegará la “oferta vinculante” que ya me ha hecho Caja Ames. Y sé que no podréis mejorarla.
-María…
-No lo hagas más dificil -concluía María-. Ha sido productivo mientras duró, pero esto se ha acabado ya.
Y deshizo el camino, contoneando su hermosa silueta hacia la puerta, la franqueó y, mientras Borja la veía a través de las lunas alejarse del lugar, comprendió que, tras su infidelidad, ya nunca la volvería a ver.