Hoy es el día del maestro.
Si, como dijo Rilke, la patria de cada uno es su infancia, la mía es un barrio de Madrid que los de allí llamábamos La Cruz de los Caídos, donde el distrito obrero de San Blas se junta con el muchísimo menos obrero de Ciudad Lineal. Yo vivía en un punto de la entonces llamada Avenida de Aragón (luego fusionada con la calle de Alcalá, para quitarle Álvarez del Manzano no sé qué record a la ciudad de Barcelona). Recuerdo que nuestro piso estaba en un edificio que prácticamente era el último de la avenida en la acera de los pares hasta prácticamente Canillejas; todo lo demás eran solares, más algún edificio industrial, y poquísimas viviendas y la Quinta de Los Molinos en la acera de los impares de dicho tramo. Casi a mitad de su camino se accedía a una colonia donde radica el Colegio Público “Marqués de Suanzes”, entonces Colegio Nacional para hijos de empleados del INI, de cuya APA fue Secretario mi padre. Ahí estudié desde preescolar (así, precedido de los llamados “parvulitos”, se llamaba entonces la actual Educación Infantil) hasta 5º. de EGB; 6º. ya lo hice en Móstoles.
Soy el segundo de cinco hermanos, entonces cuatro. Mi hermano mayor tuvo la fortuna de tener como profesor a Don Celestino en, creo recordar, 3º. de EGB. Fortuna porque éramos no menos de tres masificados grupos por curso, y que te tocara el grupo de Don Celestino en el curso que él impartía era un privilegio. Y es que entre todos los alumnos, ya a esa tempranísima edad de alrededor de 8 años, Don Celestino era un personaje mitológico. Todos lo queríamos de profesor, y los padres de los alumnos también.
Cuando yo pasé a 3º., Don Celestino fue trasladado a 4º. y me tuve que conformar con la profesora Doña Violante. En 4º. -¡eureka!- tuve de profesor a Don Celestino, y también en 5º., sin llegarlo él a terminar por su jubilación, siendo sustituido por Azuzena, ya sin Doña que era joven (y antiabortista militante, que nos enseñaba unas fotos…).
Bueno. Don Celestino no era sólo profesor: era un auténtico maestro de escuela. Por cómo se dedicaba a nosotros, sus alumnos, sólo podía deducirse que su vocación no era funcionarial, sino la pedagogía. Por ejemplo, hacía varios exámenes a la semana (lo suyo era trillar el temario), y cada cinco notables o sobresaliente nos entregaba una felicitación ex profeso mecanografiada dirigida a los padres. Ýo, que hasta entonces era un auténtico zote (Doña Violante había sido demoledora para mi motivación), fui incentivado en mi ánimo, y estudiaba ilusionado por poder llevar a mi padre la mayor cantidad de felicitaciones posibles. Azuzena acabó copiando la idea. Así nació el interés por aprender que aún mantego. Gracias a Don Celestino entiendo a Bertrand Russell:
Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.
Todas las semanas encargaba Don Celestino una redacción sobre temas monográficos como tarea. La mejor era leida por el pequeño autor ante sus compañeros, y se asimilaba a sobresaliente a efectos de felicitación. Y para ello también se asimilaban el campeonato y el subcampeonato de los concursos de cálculo mental que con igual periodicidad esperábamos ansiosos sus alumnos. Y tantas cosas…
Tras nuestro traslado familiar a Móstoles en 1984, estuve ocho años más volviendo de visita al que realmente siempre ha sido mi barrio. Mi abuela paterna, mi yaya Tomasa, vivío ahí hasta su muerte en 1992, y pasaba con ella muchos fines de semana. Como Don Celestino vivía en la colonia Parque Marqués de Suanzes, al lado del que había sido su y mi Colegio, un día me planté en su casa. Charlamos extensamente y nos intercambiamos las direcciones.
Desde entonces, todos los diciembres nos enviábamos felicitaciones navideñas. Yo le iba participando novedades de mi vida personal y mis triunfos profesionales, renovándole el agradecimiento que por ello siempre le he testimoniado. Él o me respondía o se adelantaba con su maravillosa caligrafía (decía que la mía era “churrigueresca”). Con el paso del tiempo, su letra reflejaba, cada vez más, el imparable transcurrir de la vejez, sin ello poder, no obstante, menoscabar su armonía.
Su felicitación de las Navidades de 2004 tardó mucho en llegarme, tanto que yo temí la mala noticia previsible a los casi 85 años de edad. Pero la recibí, para mi inmensa alegría. La de 2005 llegó con antelación normal. La siguiente nunca: No respondió a la que yo le envié. Volví a temerme lo peor, así que ya estaba preparado para ello cuando en enero recibí una llamada de su hermana, que tras llegar mi felicitación había buscado mi número de teléfono hasta encontrarlo en una tarjeta de visita entre los efectos dejados por Don Celestino. La mala nueva era esperable a tal ancianidad, y yo ya estaba preparado, pero lloré, y escribiendo esto me emociono, y sentí que con él se había terminado de morir también el niño José Luis.
Celestino López Domínguez había fallecido tal mes como este, en noviembre de 2006.