Empiezo a escribir esto pasados unos minutos de la medianoche del miércoles al jueves. Después de haber estado trabajando en casa hasta tardísimo, abotargado me he sentado con mi esposa a terminar de ver Los Serrano, y cuando he decido empalmar para ver el documental sobre el Rey en Telecinco, trasteando con el portátil llego a la portada del próximo número del El País.
Y leo que “UGT reclama al PSOE ir en las listas tras 20 años de ausencia”. Yo me afilié a la vez, hace ya más de 18 años, cuando sólo tenía 16 de edad, tanto a la UGT, manteniendo mi carnet interrumpidamente hasta la fecha, como a las Juventudes Socialistas. En aquellos momentos, menos de un año después de la histórica huelga del 14-D, combinar ambas almas del socialismo, la sindicalista y la política, era en sí una declaración de principios personal, un desafío frente a la ruptura. Decantado desde el principio por el sindicato, o desencantado desde dos años antes con el PSOE por la posición impuesta por el felipismo ante el referendum de la OTAN, en el ámbito político me alineé claramente con las posiciones críticas de la corriente “Izquierda Socialista”, que a la postre era el último y más auténtico reducto de quienes querían, queríamos, mantener y compatibilizar las dos afiliaciones iniciadas por Pablo Iglesias, la sindical y la política.
Cuando he leído el titular de El País, me he descubierto indiferente. Por un lado, el PSOE es con Zapatero, o al menos lo ha sido, más de izquierdas que lo que fue con Felipe González; de hecho la actual política de alianzas mirando a la izquierda me gusta más que la anterior, que buscaba en la derecha. Pero por otro lado, creo en la independencia del sindicato socialista, sin subordinaciones al partido socialista. Dificil equilibrio.
He segido leyendo lo que al respecto dirá la próxima portada de El País, y resulta que el designado por la UGT es… ¡Manuel de la Rocha!
Joder, qué alegría. Manolo de la Rocha me parece de los activos más admirables, y desaprovechados, en el socialismo español. Fue Alcalde de Fuenlabrada en las primeras elecciones democráticas, con 31 años de edad, entre 1979 y 1983, dejando tal prestigio al PSOE entre los fuenlabreños y un equipo, ya con Pepe Quintana y Manolo Robles, tan potente que a día de hoy las victorias electorales en las municipales en dicha localidad madrileña siguen siendo apabullantes. Entre 1983 y 1985, creo recordar, fue Consejero del primer Gobierno autonómico de Madrid, y hasta posteriormente diputado autonómico. Unos diez años después entró en el Congreso como diputado nacional del PSOE por la cuota de IS, en la que siempre se ha mantenido… renunciando a la reelección por el hostigamiento a la que nuestros compañeros nos sometían entonces a los miembros de la corriente crítica, que a él le afectaban particularmente por encontrarse sólo en el Grupo Parlamentario. Eran los duros tiempos de la descomposición del felipismo.
Y Manolo no tenía ninguna necesidad de aguantarlo, por lo que decidió volver al ejercicio profesional de la abogacía, donde tantos éxitos y prestigio ha cosechado. Por esa libertad es por la que siempre he querido ser como él. Fue Manolo, junto a Chema Arteta, quien en 1998 me avaló para colegiarme como abogado, entonces en el Colegio de Madrid (recientemente he causado baja tras incorporarme al de Santiago de Compostela). El día que recabé, orgulloso, su firma, me dijo dos cosas:
- Una recomendación profesional, que como abogado no me dedicara únicamente a una rama del derecho, que variara.
- Una recomendación personal, que no interrumpiera mi desarrollo profesional por culpa de la política. Claro, que cuando le recordé que cuando él lo hizo fue para, entre otras cosas, intervenir en la tipificación de los delitos contra los derechos de los trabajadores en el Código Penal de la democracia, él me confesó su gran satisfacción esbozando una sonrisa.
Hasta el año anterior, y desde 1994, había compartido con Manolo pertenencia a la Coordinadora regional de IS de Madrid. Para mí era un honor, aunque con 21 años tenía claro que no era más que una mascota en reuniones de intelectuales. Manolo acudía a nuestras reuniones, entonces en el Pub Dalí, al lado de El Retiro, en su Vespa clásica. Con ella, al menos cuando le veía desplazarse, iba a todas partes: al Congreso cuando era diputado, a los Juzgados, a las reuniones del Partido… Y cuando debían acudir ambos, que compartían su militancia socialista en la Agrupación de Chamartín, llevaba como paquete al hoy difunto y también admirable Fernando Baeza: dos señores trajeados, el ex senador Baeza con su elegante bigote y su avanzadísima edad, erguidos, caballerosos, montados en una scooter. ¡Qué imagen!
Yo cuando sea mayor quiero ser como Manolo de la Rocha.