Soy gallego
Caminaba apresurado por Bertamiráns cuando alguien dijo varias veces: “¡Madrileño!”. Lo escuché sin prestar atención: no me sentía concernido. Hasta que rápidamente pensé: “¡Coño! ¡Debe referirse a mí!”. Giré la cabeza y comprobé que era un compañero de mi Agrupación socialista, que no recordando mi nombre sí se acordaba de mi procedencia.
Me dice el niño que a él en el Colegio también le llaman “madrileño”. Y eso que al menos él nació en Orense y vivió allí hasta los 3 años de edad. Cuando cumpla 15 años, ya habrá vivido más tiempo en su Galicia natal que en Móstoles. Al menos no le han impuesto un típico mote ofensivo, que ser madrileño no es ni eso ni lo contrario.
Sé (en los pueblos se sabe todo, y yo no vivo en el rural involuntaria sino deliberadamente) que también se me tilda de “madrileño” con muecas torcidas, con animus infamandi, que no es lo mismo llamar ‘capullo’ a un amigo con confianza, que a un desconocido con mala baba. Así, cuando más me pitan los oídos es cuando me llaman “madrilenho”, así, con ‘h’ intercalada, que a algunos racistas no he tardado en caerles mal. El desprecio es mutuo, solo que yo añado el asco que me producen su ideología y sus prácticas racistas.
No me molesta que me llamen ‘madrileño’. No es un deshonor ni lo contrario. Sencillamente, yo no nací, me nacieron, y no me dieron a elegir tampoco el lugar. Mi padre nació madrileño también pero tenía que haberlo hecho sanabrés, y mi madre nació jienense. No sé por qué, veo mis raíces en Sanabria, y ninguna, aunque la tengo, en Baeza. De hecho, nuestra segunda residencia está en dicha comarca zamorana, y nunca he pisado el suelo de Jaen.
El ser humano, donde tiene superados los problemas de subsistencia, pierde el tiempo en darse el lujo de optar. Así, aunque nos cueste elegir entre papá y mamá (que la sangre tira), en el mundo occidental sí elegimos, y queremos, entre The Beatles y los Rolling Stones, o en España entre el Real Madrid y el Barça. Pueden gustarnos más música o más equipos de fútbol, pero si nos piden nuestras preferencias entre aquéllas, optamos como manera de dar forma a nuestra identidad (vaya por delante que, como no suponen ningún riesgo a mi pecunio, yo me inclino por las primeras de aquellas opciones).
Creo sinceramente que los españoles tenemos también dos alternativas para localizar nuestras vidas, y tiene que ver con aquello de ‘playa’ o ‘montaña’. Y yo soy de montaña. De siempre. Es una forma de ser. Galicia tiene Atlántico, sí, pero al contrario que cuando voy al Mediterráneo, aquí no uso las playas para zambullirme, sino para caminar o sólo tumbarme a leer el periódico. ¿Entienden por dónde voy?
Me atraen más los paisajes verdes que los amarillos. Me pone el roble, me encanta ver el agua brotar y serpentear. Prefiero estar encerrado en casa por llover fuera que fuera buscando sombras para huir del Sol. No me gustan las multitudes, y sí en cambio recluirme en el silencio. Ambas son preciosas, pero me veo más en la Torre de Hércules que en la Giralda.
Vamos: que tiro al norte. Quizá por eso me atrae tanto Sanabria como nada Jaen. Quizá por eso mi hija, nacida e inscrita en Móstoles, tiene por primer nombre el de Tareixa. Quizá por eso fui yo quien convenció a mi mujer, coruñesa de nacimiento, para afincarnos en Galicia.
Por eso soy gallego. No sólo legalmente porque lo diga el artículo 3.1 del Estatuto de Autonomía de Galicia, sino porque aquí es donde pago mis impuestos, a cuyo progreso así contribuyo, y por aquél adagio en cuya virtud “uno es de donde pace, no de donde nace”. Que no elegimos donde nos nacen y yo sí he elegido dónde quiero vivir, y creo que esto tiene más mérito que el que se arrogan los nacionalistas. Soy más gallego que ellos.





