María José Blanco Barea
Érase una vez una joven que se quedó embarazada de su novio, y a la que poco después le fue diagnosticada la enfermedad de Parkinson. Según llegó el hijo, el novio desapareció y la enfermedad se quedó, avanzando sinuosamente por el cuerpo de esta madre, privándola de su trabajo y, por lo tanto, de su propio sustento y del de su hijo. El padre se escabulló de darle ningún sustento al hijo, quien sólo conoció los abrazos de su madre. El padre, sencillamente, había desaparecido de sus vidas. Pero un día apareció otro hombre en la vida de la madre, ambos se enamoraron y ésta y el niño pudieron remontar el vuelo de sus vidas, y el pequeño, por fin, pudo tener un padre. Los tres formaron una familia unida. Y fueron felices y comieron perdices, y, colorín colorado…
…Este cuento no se ha acabado.
Al cabo de unos años apareció el padre biológico. De repente le había entrado el instinto paternal, casualmente cuando los problemas económicos que pendían sobre su hijo se habían evaporado, y exigió los derechos que la Ley le reconoce para romper la familia que la Ley no reconoce. Y es que la Ley, en ocasiones, es una puta mierda.
La madre resistió para mantener su actual familia, la única que ha conocido su hijo, unida.
Para reconocer derechos a un padre biológico que nunca, nunca, ha asumido ninguna obligación ante su hijo, los jueces, por primera vez en la historia jurídica española, en lugar de estimar una desobediencia, la han segregado en múltiples pequeñas desobediencias, con argumentos machistas, para así, cebándose, poder condenar a prisión a demasiados años a la madre.
La única familia que ha conocido el niño ha sido destrozada por el sistema judicial, una enferma de parkinson está en prisión, un hombre enamorado oye eco en casa…
Yo apoyo a María José. ¿Y tú?

Sí hay fotografías franquistas en las sedes del PP: las de su Presidente Fundador, actual Senador autonómico a propuesta del Grupo Popular del Parlamento de Galicia, 
En España, mientras el ahorro representaba el 22% del Producto Interior Bruto, la inversión financiada era del 30%. ¿Qué significa esto? Que las entidades financieras tienen (depositado, nuestros ahorros) menos dinero que el que han prestado. ¿Y el 8% de diferencia? ¡Un 8% del PIB (que ya es decir)! Una de dos: o no existe, y, como se ha demostrado que se ha hecho en Estados Unidos, se ha vendido humo, o se ha financiado con productos… garantizados con “estampitas”.



