Aznar pillado en más mentiras
Que José María Aznar es un mentiroso compulsivo, patológico, de esos que nunca rerconocerán que mienten ni cuando se constató que detrás del 11-M no estaban ni ETA, ni el fantasma comunista, ni la francmasonería universal, ni Rafael Vera, ni Yoko Ono, ni Zapatero, ni Rubalcaba, ni Nerón… digo: que José María Aznar es un mentiroso compulsivo es algo que admiten hasta los aznaristas, éstos con la naturalidad de aceptar la mentira como parte esencial de la rudimentaria construcción dctrinal de esa variante patria y casposa del prefascismo nacional-liberal.
La última pillada de trolas, que los holligans aznaristas y demás piara ultraderechista no sólo desconocerán, sino que las aceptarán como argumentos a repetir mil veces hasta convertirlos en realidad, es la que ha hecho ‘Público’ del último libelo perpetrado por o a nombre del bajito de las Azores:
Hay falsedades groseras, que insultan a la inteligencia del lector, por ejemplo cuando el autor afirma que los socialistas españoles han prohibido por ley los contratos temporales (página 101). Hay mentiras evidentes, como sostener que la presión fiscal en España “ha subido más de tres puntos del PIB” desde 2004 (pág. 103), cuando en realidad ha caído en 2008 al nivel más bajo en 13 años. Hay manipulaciones descaradas, como escribir que se ha producido un “desplome de la inversión extranjera en nuestro país” desde que gobierna Zapatero (pág. 110), cuando el gran recorte de la inversión extranjera se produjo precisamente durante la segunda legislatura del PP –pasó de 40.700 millones de euros anuales en 2000 a tan solo 22.700 en 2003–, mientras que en 2008 registró un máximo histórico de 43.967 millones. Y así se podría seguir poniendo un ejemplo tras otro. […]
Sonrojo provoca que Aznar acuse al Gobierno socialista de “la politización de instituciones supuestamente independientes” como la CNMV (pág.108), él, que llevó a dicho organismo a sus cotas más altas de desprestigio con el caso Gescartera. Sonrojo provoca leer recomendaciones de “austeridad” (pág. 168) en boca del organizador del bodorrio del Escorial, con tan ilustres invitados como Paco Correa o El Bigotes. Sonrojo provoca que todo un conferenciante internacional defienda simplismos del tipo “más empleo público significa menos empleo en el sector privado” (pág. 158), ya que debería saber que en España hay ahora seis millones más de personas trabajando que hace una década y de ellos sólo 700.000 son funcionarios. Sonrojo provoca que el político que cebó sin descanso la burbuja inmobiliaria asegure que su Gobierno buscó “abaratar a medio y largo plazo el precio de la vivienda” (pág. 95), cuando el precio medio del metro cuadrado de un piso en España se disparó desde los 694 euros en 1996 hasta los 1.618 euros en 2004.
Lo que no me explico es por qué hay tanto tonto de los cojones que aún se cree a sujetos como ése.











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