El autor

Me llamo José-Luis Prieto, nací en Madrid en 1973, soy abogado y consultor, desde 2007 vivo en Galicia, estoy casado y soy padre de una niña.

Soy demócrata y socialista, por ese orden. Creo que deben ofrecerse las condiciones para la materialización de la libertad para todos, que hay que garantizar la igualdad absoluta de derechos y oportunidades, y que el ser humano es social por naturaleza.

El blog

Desde 2002, con este blog pretendo aportar elementos para la contrapropaganda frente al nacional-liberalismo, desde una perspectiva liberal en materia social y socialdemócrata en materia económica.

Este es un cauce para la libertad de expresión, que ejerzo consciente de las limitaciones de nuestro ordenamiento.

El próximo libro de Joaquí­n Leguina

La luz crepuscular, de Joaquín LeguinaHace bastantes meses, Joaquín Leguina me envió por correo electrónico un archivo en formato “.doc” que contenía, literalmente, el que sería su por ahora último libro. Él no lo sabe porque no he tenido la oportunidad de expresárselo con toda la extensión del agradecimiento que esa confianza se merece, pero me resultó un lujo tanto poder ser de los primeros en leerlo como merecerle la confianza suficiente como para facilitarme una copia editable y plagiable de un inédito. Lógicamente, como soy una persona acostumbrada a guardar secretos, ni me lo imprimí, leyéndolo en pantalla, ni se lo reenvié a nadie.

El título de ese “manuscrito” (¿manuscrito en formato “.doc”?) no lo revelo, por el mero hecho de figurar en el escrito que reservadamente me llegó. Un segundo título que empezó a difundirse, y públicamente, era “Bajo el palio de la luz crepuscular”, acaso tomándolo de las palabras que el 23 de abril de 2009 pronunciara Juan Marsé en el acto de concesión del Premio Cervantes, cuando éste se refería

a nuestros años de incienso y plomo bajo el palio de la luz crepuscular, aquel tiempo en el que no solamente la prensa y la radio, el Boletín Oficial del Estado y la Hoja Dominical mentían sobre lo que nos estaba ocurriendo, sino que hasta los espejos mentían.

Hace unos días me llegó un ejemplar con su título definitivo: “La luz crepuscular”, editado por Alfaguara. Antes de que comenzase la distribución del libro ya impreso, que debe estar preparándose ahora por su publicación el próximo día 20, y que es ahora cuando Joaquín ha empezado a presentar.

Esta novela llega al lector mediante dos voces narradoras, una es la del personaje principal y protagonista, Ángel Egusquiza, que habla en primera persona. La otra voz toma la forma de narrador omnisciente, recurriendo con frecuencia a vivencias y opiniones contadas por personajes (esposa, amantes, amigos… ) que se han relacionado con el protagonista. Porque esta novela, como el autor anticipó, tiene mucho de autobiografía, de memorias del Presidente fundador de la Comunidad de Madrid, de reflejo de una trayectoria con la que se puede coincidir militantemente o discrepar duramente, o ambas cosas, como me pasa a mí según de lo que se trate, pero ante la que siempre ha de tributarse un debido reconocimiento de valor. Dice el autor que “es la autobiografía devanada de los otros, la personalidad propia que deriva de las huellas que en ella imprimieron los que ya no están”.

La parte autobiográfica ocupa la mayor parte del relato y pretende trasladar al lector una vida “ejemplar”. Ejemplar en el sentido de ser el arquetipo de una generación, la de quienes habiendo nacido inmediatamente después de la guerra civil y dentro de una familia “vencedora” en la contienda, evolucionaron hacia posiciones críticas frente al franquismo y hasta radicales, tanto en la política como la concepción y práctica de sus relaciones religiosas, familiares y, también, amorosas.

La novela no es un relato añorante porque consigue trasladar, en un castellano limpio y claro, toda la complejidad y la pasión de una vida, sin eludir acontecimientos relevantes en el campo político. Mas, lo más notable en ese campo no son los acontecimientos sino la pasión. Una pasión política que resulta, a menudo, fieramente humana, pero el libro no es ni quiere ser una novela política y mucho menos una novela de tesis. Las vicisitudes, relaciones y pasiones políticas se engarzan en el texto con otros hechos personales, dolorosos y alegres, que constituyen el meollo de la vida aquí contada.

No es, desde luego, la historia de una desilusión y tampoco constituye un arreglo de cuentas. Concluye el protagonista:

A estas alturas uno ya ha abandonado la épica, pero no la pasión, aunque ésta sea mesurada, porque no tengo ya ningún consuelo metafísico que me cubra, mas espero estar dispuesto a un esfuerzo más, siempre que sea cívico y en pos de las pequeñas cosas.

Entre los personajes de la novela (unos son reales y aparecen con sus nombres, y otros son de ficción) destaca la madre del protagonista, que siempre está -discreta y decisivamente- presente en la trama… Cuando la narración da ya las últimas pinceladas, se descubre el lado más apasionado de esta mujer, la otra cara de la luna, “su felicidad empecinadamente oculta. Esa parte luminosa de la vida que ella quiso encerrar entre las sombras”.

El protagonista es un hombre tocado, a la vez o sucesivamente, por el éxito y por su hermano siamés: el fracaso. Por el amor y por el desengaño. Un desamor que le llega muy pronto, apenas estrenada su juventud:

No lo sabía entonces, pero a lo largo de su vida no iba a encontrar una respuesta cabal que le hiciera entender aquel primer desprecio, que borrara la cicatriz dejada por la herida en su recién inaugurado corazón de hombre.

Es, ya se ha dicho, la novela de una generación, pero en ella aparecen también y en primer plano las generaciones anterior y la posterior a la del protagonista: “los que hicieron la guerra” y “los hijos del 68″. Y en sus hijos van a encontrar los “protagonistas del 68″, los que como decía Marsé vivieron los “años de incienso y plomo bajo el palio de la luz crepuscular”, el espejo en el cual contemplar sus propias miserias:

La duda no deja de batallar, acorralándote. ¿Por qué, precisamente, nuestros hijos han caído en este infierno? ¿Nuestros liberales conceptos educativos han sido tan nefastos? ¿Y la camaradería y el abandono de la autoridad? ¿No tendrán algo que ver con el desastre?

Eso piensa el protagonista, para añadir, más adelante, tocado por el dolor de una muerte joven y cercana:

ante la monotonía circular de la vida -que nos traerá consigo algunas dosis de alivio- este dolor se atenuará, pero, aun así, seguirá con nosotros hasta el final de nuestras vidas.

En fin, es una novela que interesará, sin duda, a quienes vivieron los acontecimientos en los que se inscribe la vida aquí contada, pero que como me ha pasado a mí atraerá, quizá aún más, a aquellos lectores jóvenes que han recibido oralmente, y, además, troceadas-, partes de esa historia de España: la del franquismo tardío, la de la transición democrática… también la historia de algunos desengaños y no pocas desilusiones. Porque esa tradición oral ha dejado insatisfechas las demandas de conocimientos por parte de quienes, les guste o no, son hijos de las historias vividas por sus padres.

Hay en la novela un aire desmitificador que se agradece (por ejemplo, contemplamos a los maestros franceses del marxismo derribados de su pedestal) y nos hace vivir la revuelta parisina de 1968 desde ángulos inéditos, como confiesa el protagonista respecto de su época revolucionaria:

No hace mucho pusieron en la televisión un documental que recoge exhaustivamente alguna de aquellas asambleas y fue decepcionante. La película pretendía revivir y aclarar el contenido de lo ocurrido en mayo; sin embargo, de los discursos y discusiones que en ella se ven y se oyen… la verdad es que no se entiende absolutamente nada.

Pero tras las batallas callejeras (una de ellas descrita con precisión de cronista en la novela) aparece también el alegre descanso del guerrero, marca del autor:

Ángel se quita los zapatos, los calcetines, el jersey y el pantalón de pana y se mete en el plumífero sin más trámites. Allí dentro está la joven y el español pronto comprobará que la rubia no tiene necesidad de dormir y él tampoco… (ella) le baja el slip y, sin parar de hablar, acaricia aquel león dormido que enseguida despertará hambriento. Entonces, con una ágil y, al parecer, bien ensayada torsión de su tronco, la joven se coloca a horcajadas sobre el cuerpo masculino y sin necesidad de usar las manos consigue introducir al felino –que está ya a punto de rugir- allí donde se le espera, en el húmedo y acogedor lugar dentro del cual pasará buena parte de lo que va quedando de la noche. Porque, además, ella sabe muy bien cómo moverse para que él no ruja ni antes de tiempo ni a destiempo. Ángel coloca sus dos manos sobre las dulces ancas de la muchacha, suaves y a la vez firmes, que a la orden de su dueña repican como campanas.

A la aventura parisina le sigue, tras un interludio, la incursión chilena del protagonista hacia 1973. Un periodo lleno de frustraciones y de sangre.

Viví aquellas elecciones con el alma escindida. Por un lado, dejándome arrastrar por el ambiente. Me sentía parte de una voluntad que me sobrepasaba, que estaba por encima de todos nosotros. Por el otro lado, no dejaba de percibir los excesos verbales, la fe ciega en la inexorable victoria del pueblo, la pretendida irreversibilidad de los avances conseguidos. Algunos líderes de la Unidad Popular se expresaban con la seguridad de los profetas. De todas las citas que tanto se usaron, se olvidó una, precisamente de Marx: aquella en la que dice preferir la victoria de la fuerza sin frases sobre la fuerza de las frases. Según ellos, el viento de la Historia soplaba en nuestras velas y lo hacía con una intensidad arrasadora.

La aventura chilena del protagonista se ve trufada con un fracaso amoroso que lo va a marcar de por vida:

Ángel Egusquiza comprobó durante los días posteriores y aciagos que si existe una situación en la cual el ser humano ve abrirse el infierno a sus pies es bajo el peso de los celos. Un abismo sombrío, pavoroso y profundo. Una situación, la más involuntaria de todas, a la que uno se ve arrastrado por la fuerza de las cosas, a lo largo de un proceso difícilmente inteligible. Unos sucesos -que para el otro pueden resultar intrascendentes- se presentan, a menudo de repente, destrozándolo todo. Una amargura ni siquiera comparable a la muerte, pues de ésta el espíritu sí se va consolando con el tiempo.

Una novela que consigue el objetivo de aunar acción y emoción, asegurando una lectura fácil… y, desde luego, no falta en ella el dios Eros, sin el cual cualquier ficción se reduciría a la condición de un jardín sin sol y sin flores.

Un comentario a “El próximo libro de Joaquí­n Leguina”

  1. jlprieto.net »  Sobreactuaciones antileguinistas dice:

    […] entonces cuando hizo que su secretaria me enviara lo que llevaba escrito de la novela que acaba de publicar, preguntándome ella retóricamente si, de su lectura, pudiera colegirse que el autor efectivamente […]

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