La globalización, así, no.
Según el FMI, como ha publicado El País, la globalización de la mano de obra está teniendo un efecto negativo en los salarios en los países industrializados, que han perdido siete puntos de peso en relación a la riqueza total en los últimos 25 años. Recordemos que el FMI no es precisamente un think tank del sindicalismo de clase. Y, mientras, los más ricos lo son en importes cada vez más pornográficos.
Vamos, que lejos de redistribuirse la riqueza lo que se está repartiendo son los ingresos de la clase obrera. Sólo nosotros debemos ser los solidarios. La aportación del capital al progreso de la humanidad es la solidaria, cristiana y humana deslocalización de sus empresas, para hacernos a sus trabajadores un poquito más pobres, y así hacérselo un poquito menos a los del segundo y tercer mundo. ¡Qué buenos son!
Cierto que con la transacción los pobres grandes empresarios se ven obligados a incrementar sus beneficios en una tendencia que pudiera parecer maximizadora, pero todos sabemos que si cierran sus factorías en España para reabrirlas en Marruecos o Polonia, enviando al paro a los de aquí, no es porque los de allí no tengan sindicatos libres, derechos laborales o salarios dignos, no, ni porque así minimicen sus costes de personal, no, sino por sus bonhomía y caridad.
Al fin y al cabo, el obrero español es un privilegiado, ¿no? Debe ser progre y, por lo tanto, no ser egoista, y debe tener claro que su sacrificio permitirá no ya que su patrón sea más rico, que eso es una consecuencia accesoria, sino que los trabajadores de otros lugares salgan de la pobreza.
Porque sólo nosotros, la clase obrera, tenemos la responsabilidad de mejorar la situación del género humano. Al gran capital sólo le corresponde, humildemente, ejercer esa nuestra responsabilidad, en nuestro nombre, a nuestro riesgo. Y cobrarse su comisión de intermediación.











7/4/2007, 23:23 h.
Visto desde es punto de vista irónico, hasta la empresa tendría razón. La deslocalización de empresas permite a otros trabajar.
Pero claro, no todo el monte es orégano, ya que los países a los que estas empresas vayan, sufrirán deslocalización de nuevo en un tiempo determinado, y así sucecisavamente.
Parece que las empresas son una especie de fichas de parchís o de ajedrez que van saltando de casilla en casilla.
Es un círculo vicioso, una especie de “ciclo de la vida”, como decían en El Rey León, pero donde siempre hay una constante, el empresario, siempre va a permanecer ahí, a costa del resto, seguramente, por el mero hecho de poder sentirse en el escalfón de una especie de cadena trófica humana.
8/4/2007, 01:44 h.
Juajua, fantástico artículo, José-Luís.
8/4/2007, 02:22 h.
Esas cosas no ocurrirían con una sana política anti-trust. Pero al contrario de esta adaptación a un mundo abierto, cada cual defiende sus viejos privilegios: estados, sindicatos y grandes comerciantes proteccionistas. Falla ante todo el pequeño emprendedor, el verdadero puente entre ricos, q distribuye las plutocracias y crea esos otros grandes números que tanto necesitan los que tienen menos (y tb un poco más). Esa competencia, ajustada con su correspondiente buena dosis de flexividad laboral, no es la q veo.