Mis cinco manías
Me cita Carmen Fernández a hacer públicas cinco de las manías que un servidor pudiera tener. La verdad es que es una faena, ya que me cuesta recordar una sola. Por eso, aunque el lector pueda leer este artículo en dos minutos y veinte segundos, sepa que me habrá costado un tiempo bastante superior escribirlo.
Y no porque la perfección sea una de las virtudes que adornen mi humilde persona, que no. Sino, más bien, porque excepto algunas aristas extremas pero recónditas de mi ser, lo cierto es que, si las manías lo son en tanto que superficiales, eso requiere, sé que es paradójico, de una complicación que resulta imposible en mi sencillez a ese nivel. De veras. No es falsa modestia, sino reconocimiento de que no doy para tanto: aspiro a ser un bobo de sholemnidad, frente a tanto estúpido.
Veamos, veamos…
- Una: Tengo que ser el primero que abra mí periódico. No soporto que nadie lo abra antes que yo. Y permancezco intranquilo cuando sólo lo tienen para mirar la portada y la última. ¿Por qué? Porque El País no tiene grapas, y abrirlo es despaginarlo. Y no soporto que la doblez de las sábanas del periódico no casen. Es grave, ¿verdad?
- Otra: Dejo mis cosas en cualquier lado. Ya sea la ropa, los papeles, los libros o los archivos en el escritorio del ordenador. Tan en cualquier lado que cuando alguien me las “ordena”, ya no las encuentro. En mi caos hay orden. ¡Viva la estocástica!.
- La tercera: Chasco los dedos Lo confieso. Soy de los que se estrujan los dedos para que los huesos hagan una sucesión de “¡clac!”. Sé que es malo, que eso me impedirá cerrar el puño al levantarlo para cantar La Internacional. De hecho, el meñique izquierdo me duele desde hace dos semanas como si se me hubiera roto uno de sus huesecillos, y lo achaco a esta insalubre manía.
- La cuarta: No piso las juntas de las baldosas. No lo hago siempre; sólo cuando mi mirada baja al suelo -que no es en pocas ocasiones-. Y si las baldosas son pequeñas, procuro pisarlas con cierta simetría y regularidad. Vaya, y yo que creía que no tenía manías… esta es grave. Recuerdo una peli de un zumbado en cuyo comportamiento a veces me veía reflejado. ¡Joder…!
- La última: A veces me quedo mirando personas ensimismado. Esto es lo realmente más peligroso. Si el objetivo donde reposo mi mirada -aunque no mi vista, que a veces miro pero realmente no veo- algún día se mosquea, o su pareja (sea aquél o éste hombre o mujer, indistintamente), me juego meterme en un lío. Lo jodido es que sólo me sucede con personas -”personas humanas”, diría Faemino o Cansado-, y ya podía pasarme con objetos inanimados o animales. Pero no, me ocurre donde me compromete.
Bueno, a lo tonto a lo tonto me ha valido como sesión gratuita de autoconsciencia. Pero no albergo el más mínimo propósito de enmienda, así que procuraré olvidarlo pronto.
Por mi parte, le paso la pelota a:
- Carmen Sánchez Carazo.
- Jacinto Lajas, aka “el crack”.
- Jesús Clavijo, que tanto meterse con los demás tendrá que poner en práctica la autocrítica.
- Carlos Hidalgo (qué tipo)
- Rosa Jiménez Cano












26/1/2006, 12:25 h.
Puf, menudo papelón. Si sólo tuviera cinco manías…
Un beso,
Rosa J.C.
27/1/2006, 14:13 h.
Comparto ‘la última’ en toda su extensión. Pero tranquilo, son las consecuencias de ser observador/a y de intentar analizar los comportamientos de los demás. Si, es un poco raro que te pillen mirando fijamente a alguien, conozco la sensación… A mí me pasa también cuando tengo una conversación con una persona y no puedo evitar desviar la mirada hacia otra. Un saludo
12/2/2006, 01:02 h.
Vaya, a mí me pase también lo de tu quinta manía. El problema es que me quedo ensimismado pensando en mis asuntos, y cuando vuelvo a la realidad y vuelvo a “enfocar” la vista descubro que la había posado en alguien…