Pactar con nacionalistas. y 2
De los nacionalismos que buscan réditos electorales del enfrentamiento entre los gallegos, el centrípeto del PP es más fuerte que el centrífugo, y como tal nacionalismo igual de aborrecible, del BNG. Y tal como escribí, siendo minoría los no nacionalistas en Galicia no nos queda más remedio de convivir con aquél con el que por un lado podemos implementar nuestro programa político, y por otro podemos limitar el alcance del nacionalismo más pujante. Si éste fuera el del BNG, defendería tácticamente la alianza del PSdeG con el PP, como hace el PSE-EE en el País Vasco. Pero como el pujante es el nacionalismo español, la única salida que nos queda es entendernos con el otro.
Desprecio profundamente al BNG. Pero exactamente lo mismo, ni más ni menos, que al PP. Ambos son nacionalistas, y no hay nacionalismo bueno. Pero precisamente por lo dicho antes, aún atribuyendo a su personalismo una importantísima responsabilidad en la derrota del bipartito frente al nacional-liberalismo coincido con Emilio Pérez Touriño cuando sostiene que “aquí sigue habiendo tres fuerzas políticas, y aún con el 16%, el BNG sigue siendo relevante y hay que contar con él“.
Ambos partidos tienen vigente el Acuerdo para la Gobernación de los Ayuntamientos (“Acordo para a Gobernación dos Concellos”) que firmaron el 11 de junio de 2007, en cuya virtud “se impulsará un proceso de diálogo en el ámbito local para propiciar gobernos de coalición o acuerdos de gobernabilidad”. Pero este Acuerdo, en el ecuador de los mandatos municipales, se había incumplido en una veintena de Ayuntamientos, lo que suponía nada menos que el 18% de las Corporaciones Locales en las que entre el PSdeG y el BNG pueden conjuntamente garantizar la gobernabilidad.De todos esos casos a mí me preocupa especialmente el de mi municipio, Ames. Con casi 30000 habitantes es, después de la capital y merced a una política urbanística desbocada, el mayor de la comarca de Compostela. En el mandato municipal 2003-2007 fue regido por un Gobierno municipal de coalición entre el PSdeG, con la Alcaldía, y el BNG; pero desde las Elecciones Municipales de 2007, nuestro Alcalde, aún afiliado al PSOE, soslayando la palabra del Partido en el Acuerdo suscrito con el BNG rechazó incorporar a los nacionalistas gallegos al Gobierno municipal. Por rechazar, hasta prescinde en esas labores de uno de los ediles socialistas, de tal modo que él mismo debe acumular demasiadas responsabilidades de gestión.
El caso es que el Alcalde de Ames, Carlos Fernández, es también el Presidente de la Federación Gallega de Municipios y Provincias (FEGAMP). Si a través de él perdemos la Alcaldía de mi municipio, los socialistas de Ames perderemos, para nuestra Agrupación y para el conjunto del PSdeG, la Presidencia de la FEGAMP. Y es muy probable, y no sería reprochable, que después de cuatro años negándole el pan y la sal al BNG, sus concejales se nieguen a apoyar la investidura de Carlos Fernández, ya que a éste se le frustra su salto a la Diputación Provincial y tiene que volver a presentarse candidato a Alcalde en 2011.
Hay que hacer el esfuerzo de entenderse. Y en el caso de no ser posible, proceder a una “separación de mutuo acuerdo”, ordenada, leal, como la que, pese a la escenografía, se ha dado en Ayuntamientos como los de Fene y Noia. Sin hacer sangre ni meter cadáveres en el armario.
Porque me preocupa especialmente el escenario electoral al que nos enfrentamos, que es el de las Elecciones Municipales de dentro de ya sólo un año y medio. Creo que con un Feijoo en “estado de gracia”, una oposición con una fuerte deslealtad interna en plan “sálvese quien pueda”, y los últimos pero no menos duros coletazos de la crisis, el reforzamiento del nacionalismo español, que aquí se revela nacional-liberal, puede ser espectacular. Ante dicha eventualidad hay que maximizar las posibilidades de entendimiento entre el PSdeG y el BNG, para lo que vuelvo a coincidir con Touriño al recomendar que “hay que repensar los términos de la coalición” entre el PSdeG y el BNG, porque, sostiene
Aún no hemos conseguido una cultura de la coalición, de cómo salvaguardar la acción de Gobierno de las tentaciones partidistas. Podemos reducirla a una correa de transmisión de los partidos, y eso es muy grave porque introduce la competición electoral en cada acto. […] Es imprescindible abrir una reflexión que nos lleve a una nueva cultura para enfocar las relaciones entre socialismo y nacionalismo [gallego].












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