Redimensionar el Estado
Luis XVI decía aquello de “el Estado soy yo”: él era el “soberano”. Con la revolución francesa el Estado pasó a ser los ciudadanos, constituyéndose, como pueblo, en co-”soberanos”. Nació la soberanía popular, y el Estado y el pueblo pasaron a ser las dos caras de la misma moneda.
Pero algo ha pasado cuando a día de hoy muchísmos ciudadanos no nos sentimos debidamente identificados con la organización política de nuestra comunidad, nuestro Estado en sentido amplio, cuando éste y el pueblo son sujetos distintos, con intereses tan divergentes (por cierto, ya no se usa tanto el hermoso concepto de “pueblo”, y ahora lo políticamente correcto es traducir the people como la gente -¡qué vulgaridad!, diría mi madre-).
El pueblo necesita organizarse poíticamente, necesita un Estado. Por eso, no se trata de negar esta necesidad y propugnar a efectos prácticos, que sí a los ideales, la eliminación del Estado, de la cosa pública -la res publica-.
De lo que se trata es de que el Estado esté al servicio del pueblo. Pero… ¿qué Estado?
El arquetipo de Estado reducido es EEUU, pero ello es una de las falacias de la derecha. Cierto que prácticamente aquél no existe en lo relativo a las necesidades esenciales del desarrollo del pueblo -educación, sanidad, etc.- (tienen sus razones, y da para una reflexión monográfica), pero en los servicios destinados al mantenimiento del stablishment (policía, ejército, contratos públicos -el Estado es su gran cliente-, etc.) son inmensísimos. Después del 11-S, muchas grandes corporaciones requerían, y muchas administraciones ultracapitalistas ofrecían, políticas keynesianas de intervención pública fuerte en el sistema económico para mantener el status quo previo. Ya lo decía Noam Chomsky: este sistema es “la privatización de los beneficios y la nacionalización de las pérdidas”, a la vez que se negaba a denominar capitalismo al sistema (lo cual dá para otra reflexión, para la que apunto una interrogante: ¿hay capitalismo cuando en Móstoles la luz sólo la puedo contratar con Iberdrola?). Ellos son los primeros que realmente se niegan a la desaparición del Estado.
Más que una reducción del Estado es necesario su redimensionamiento. Debe crecer para rellenar un hueco: el que le separa del pueblo. Y ese crecimiento debe hacerse a costa de la parte del Estado que no sólo está más lejos del pueblo, sino además utilizado contra éste y los principios -libertad, igualdad, fraternidad- que han de regir su funcionamiento interno (léase la LSSI). Y además a costa de lo que el Estado saca del pueblo para no devolvérselo (el famoso más de un billón de pesetas con el que aquél consoló a las empresas energéticas cuando se condenó a muerte su oligopolio).
(Por cierto, he aludido a la derecha deliberada y provocadoramente. Eso de derecha e izquierda viene de la época del parlamentarismo de la revolución francesa, cuando unos se sentaban a la derecha de lo que hoy sería el hemiciclo y otros a la izquierda -además había “la montaña”, que eran los que se sentaban a un lado o a otro, pero por arriba-. Resultó que los de la derecha eran más conservadores y los de la izquierda más revolucionarios. Hay formas distintas de ser de derechas o de izquierdas, tanto en el espacio como en el tiempo, pero hay derecha e izquierda. Y entre los electores, muchos -los que dan y quitan las mayorías- que no tienen problemas en votar unas veces a la derecha y otras a la izquierda, y por eso se llaman “centro”, pero sólo en el electorado)









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