Un año sin Enrique
Hoy hace un año que murió Enrique. Qué decir. Qué decir más que, de vez en cuando, continúo descubriéndome llorando su falta.
Hace días que no posteo. Para mí, el mes de junio es un més funesto, es el puto mes de junio. La alegría de los junios sólo dura hasta el día 4, pues tal como esa fecha nació mi esposa. Del 5 en adelante es un mes maldito.
El pasado día 6 hizo quince años que murió una de mis abuelas, la paterna, la primera muerte con la que me dí de bruces con la muerte. Recuerdo cómo en la capilla del Hospital el sacerdote despachó esa muerte de carrerilla (¡nada menos que la muerte de mi yaya Tomasa! ¡qué desconsideración!). Entonces, por ello pero fundamentalmente por cómo perdió su vida, es cuando mi alejamiento de esa Iglesia tomó el camino del no-retorno. Algún día escribiré aquí sobre ella, y descubrirán lo admirable que fue.
Mi otra abuela es mi yaya Isa. La matriarca de la gran familia de la que, a través de mi madre, formo parte. En su honor el segundo nombre de mi hija Tareixa es Isabel, como el de mi abuela, me contó hace unos meses, era el de la suya, una de mis tatarabuelas, llamada Isabel Fernández. Hace unos días, en este puto mes de junio, mi yaya Isa ha sido hospitalizada. No sé si ella es consciente de la situación. Es duro. Muy duro y cruel, para ella, que es quien lo padece, y para quienes sabemos lo que está pasando.
Y hoy hace un año que murió Enrique, y la Tierra, la muy cabrona, no le rinde homenaje y sigue girando.
Menos mal que la sonrisa de mi hija me hace olvidar la insoportable levedad del ser.











